jueves, 19 de noviembre de 2015

HISTORIA DE VENEZUELA: 3. Contexto económico y social de 1830 y años siguientes.

Tema 3. Contexto económico y social de 1830 y años siguientes.

Actividades. Para realizar en el cuaderno
1. Responde:
a) ¿Cuáles fueron las principales consecuencias negativas de la guerra por medio de la cual Venezuela se independizó de España?
b) ¿Cuántos habitantes tenía Venezuela, cuando se separó de la Gran Colombia?
c) ¿Por qué el café desplazó al cacao como principal producto de exportación?
d) ¿Qué empresas controlaron las operaciones de comercio exterior luego de la ruptura con España?
e) ¿Qué impuestos eliminó o redujo el Gobierno de José Antonio Páez para estimular a los productores agropecuarios?

2. Escribe un breve ensayo para explicar por qué, a tu juicio, la falta de mano de obra y la disminución de los rebaños de ganado fueron causas del estancamiento de la producción agropecuaria en 1830 y los años sucesivos.

3. Explica con tus propias palabras por qué la Independencia no implicó un cambio en el modelo económico y social de Venezuela.

4. Elabora un mapa mental en el que expliques cuáles fueron las causas y las consecuencias de la crisis económica de 1840.

5. En equipos, deliberen acerca de por qué el Decreto de Haberes Militares de 1817, emitido por el Libertador Simón Bolívar, no logró cumplir su objetivo de convertir a los oficiales y soldados patriotas en pequeños propietarios de tierras. Elaboren conclusiones y con ellas realicen un debate con toda la clase. 

6. En equipos, investiguen sobre cuáles fueron las zonas más características de los cultivos de cacao y de café en la Venezuela de 1830 y los años siguientes. Representen los datos obtenidos en un mapa.


viernes, 15 de mayo de 2015

EL PECADO, SEGUNDA PARTE

EL PECADO DEL HOMBRE Y LA MISERICORDIA DE DIOS
¿QUE ES EL PECADO?
Los seres humanos permanentemente debemos elegir entre el bien y el mal, y para poder decidir qué es lo uno o lo otro, contamos con una voz que se llama la conciencia, la cual nos dice que un acto es malo y no debe hacerse (el mal) o, al contrario, que un acto es bueno y debe hacerse (el bien). Por esto lo hombres somos capa­ces de escoger entre el bien y el mal. De igual modo, cuando hemos obrado bien, tenemos una alegría y cuando hemos obrado mal tenemos una pena que se llama remordimiento.
Cuando, por ejemplo, dices una mentira, obras el mal, y es lo que se llama un pecado o una falta. Pero hay faltas que no son pecados, como cuando te equivocas en la solución de un problema o no estás concentrado. El pecado se da cuando la falta es voluntaria.
Es importante tener en cuenta que es más fácil hacer el mal que el bien. Dicho de otra forma, hacer el bien requiere esfuerzo de parte de nosotros. Pero cuando nos esforzamos por hacer el bien, igualmente es agradable la satisfacción. Al contrario, hacer el mal resulta fácil, por esto podemos decir que el pecado es el fruto de la pereza. Basta con dejarse llevar, con caer. Este atractivo que se experimenta por algo que es malo se llama tentación. Cuando cedemos a una tentación, o sea, cometemos una mala acción, se habla de caída, pues el pecado se parece a una caída.
La conciencia que nos habla sin cesar desde el fondo del corazón para decirnos dónde está el bien y dónde está el mal, no es otra cosa que la voz de Dios en nosotros. El pecado es una desobe­diencia a lo que Dios quiere de nosotros. En consecuencia, cuan­do pecamos, no nos lastimamos solamente a nosotros o a los demás, sino que también lastimamos a Dios. Por este motivo no es suficiente pedir perdón a aquellas personas que podamos haber ofendido; además hay que pedir perdón a Dios.

EL PECADO ES PERSONAL
El pecado es un acto voluntario que surge del mal uso de la liber­tad de la persona. Aunque es cierto que esta persona puede estar condicionada por circunstancias internas (tendencias o vicios) o externas (costumbres, ambiente), que en dado momento pueden atenuar su libertad y por tanto su responsabilidad. Sin embargo, no podemos ignorar que el hombre es libre, pues, de otro modo, esto supondría la negación de su dignidad y de su voluntad, y, por tanto, de su responsabilidad por los pecados que llegara a come­ter. Por eso en cada hombre no existe nada tan personal como el mérito de la virtud o la responsabilidad de la culpa.
El pecado no afecta sólo a la persona que lo comete, sino que su efecto puede ser social. Con esto queremos decir que, en virtud de la solidaridad humana, el pecado repercute en los demás. Así, si en un salón iluminado con un bombillo una persona lo rompe, tenemos que afirmar que aunque la falta la cometió esta sola per­sona, perjudicó a todo el grupo.

UNA FORMA DE PENSAR PELIGROSA
Con frecuencia, en épocas de decadencia de la sociedad, se impo­ne una concepción demasiado materialista de la vida, que oscu­rece la voz de la conciencia, de manera que se llega a afirmar, incluso, que el pecado y el mal no existen. Es una especie de adormilamiento, de deformación de la conciencia debido a la cual se oscurece también el sentido del pecado.
Pero, ¿a qué se debe esta crisis de la conciencia, del sentido del pecado y, en consecuencia, del sentido de Dios? Para responder estas preguntas la Iglesia nos habla del secularismo, un movi­miento de ideas y costumbres que no tiene en cuenta a Dios y que se concentra solamente en el culto del hacer y del producir, lo mismo que en el del consumo y el placer, sin preocuparse por la parte espiritual del hombre. La consecuencia de esta forma de pen­sar y de obrar, consiste en ver todo "tan natural" que el hombre termina por no reconocer jamás una falta. Es decir, se limita tanto la responsabilidad del hombre que termina por no reconocerle su libertad y, por lo tanto, la posibilidad de pecar.
Por este motivo es que se habla de la caída de los valores mora­les, íntimamente relacionada con la pérdida del sentido del peca­do, que no es otra cosa que una forma de negar a Dios. Debemos concluir que pecar no es sólo romper nuestras relaciones con Dios, sino vivir como si él no existiera. Por esto, restablecer el sentido del pecado es la primera manera de afrontar la crisis espiritual que nos afecta.


LA MISERICORDIA DE DIOS
Sin embargo, a pesar de esta pérdida del sentido del pecado, los hombres de hoy tienen necesidad de volver a escuchar la adver­tencia de San Juan: Si dijéramos que no tenemos pecado, nos enga­ñaríamos a nosotros mismos y la verdad no estaría en nosotros (1 Jn 1, 8). Además, no podemos olvidar nunca que la misericordia de Dios es infinita; o, como diría Juan Pablo II, que el amor de Dios es más poderoso que el pecado y más fuerte que la muerte. Por eso cuando nos damos cuenta de que el amor que Dios nos tiene no se detiene ante nuestros pecados o ante nuestro mismo olvido del pecado y por tanto de El, sino que, por el contrario, se hace más solícito y generoso, no tenemos más remedio que reconocer que ante nosotros se abre el camino de la misericordia de Dios que nos invita a la reconciliación.
San Pablo nos dice: donde abundó el pecado, sobreabundó la gracia (Rom 5, 20). Pero para que la misericordia de Dios se haga presen­te en nuestra vida, debemos reconocer nuestros pecados, del mismo modo que un médico descubre la herida antes de curarla. Así Dios, mediante su palabra y su espíritu proyecta su poder y su misericordia sobre nosotros que somos sus hijos. Para terminar, escuchemos las palabras de San Agustín: Dios que te creó sin ti, no te salvará sin ti.

ACTIVIDADES
1. Responde:
1.1. ¿Por qué afirmamos que el pecado es responsabilidad del que lo comete?
1.2. ¿El pecado afecta sólo a quien lo comete? ¿Por qué?
1.3. Algunas personas afirman que el pecado no existe, que es una invención de los sacerdotes. ¿Qué dice el cristianismo al respecto?
1.4. ¿Dios olvida a quien lo olvida? ¿Por qué?
2. Trabaja con la Biblia:
2.1. Busca en la Biblia dos pasajes del evangelio en los que se mencione el pecado.
2.2. Después de leerlos, escribe la idea de pecado que hayas entendido de esta lectura.
3. Investiga:
3.1. Te invitamos a leer los números 386 y 387 del Catecismo de la Iglesia Católica, a fin de que profundices un poco en el con­cepto de pecado.
3.2. Escribe en una frase la conclu­sión de tu lectura.
3.3. Algunas características del pecado
4. Observa el ejemplo y completa lo que se refiere a los demás pecados capitales y a tu compromiso como hijo de Dios.
PECADO
DEFINICIÓN
VIRTUD QUE SE LE OPONE
COMPROMISO
Soberbia
Pecado que consiste en sentirse superior a los demás.

Saludar a todas las personas aún a las que no me caen bien.
Avaricia



Ira



Gula



Envidia



Pereza



Humildad




5. Te invitamos a reflexionar sobre los siguientes aspectos:
5.1. Con frecuencia se oye decir: "perdono pero no olvido". ¿Te parece una forma cristiana de perdonar o más bien una forma refinada de resentimiento y de venganza? Razona tu res­puesta.
5.2. Es un hecho que nos cuesta perdonar a los demás porque nos cuesta perdonarnos a nosotros mismos. ¿Eres de los que no se per­donan sus propios errores y fracasos y por eso se vuelven amargados y agresivos con­tra los demás o, por el contrario, sabes acep­tar tus equivocaciones y fracasos con serenidad y riéndote un poco de ti mismo?
5.3. ¿Qué sentimientos y qué exigencias debería provocar en ti el hecho de que Dios perdona y olvida tus pecados?

martes, 7 de abril de 2015

LA IGLESIA, SEGUNDA PARTE

LOS ROSTROS DE LA IGLESIA
¿Qué es la Iglesia? ¿Quién la fundó? ¿Cuál es su misión?
En las siguientes páginas trataremos de dar respuesta a estas pregun­tas. Para ello, estudiaremos los diferentes nombres o rostros que tiene la iglesia.

El NACIMIENTO DE LA IGLESIA
Comencemos diciendo que la Iglesia fue fundada por el mismo Jesús. Al elegir a un grupo de personas, los apóstoles, para ense­ñarles su doctrina, Jesús fue preparando la aparición de la Iglesia.
Como todo grupo debe tener un líder o una cabeza, eligió a Pedro como jefe de los apóstoles con las siguientes palabras: "Pedro, tú eres piedra y sobre esta piedra edificaré mi Iglesia", Mt 16, 15-18.

Después de su resurrección, Jesús se apareció a los discípulos y les ordenó predicar sus enseñanzas a todo el mundo y hacer discípu­los suyos con el bautismo (Mt 28, 19-20).
Posteriormente, Jesús completó la fundación de la Iglesia con el envío del Espíritu Santo el día de Pentecostés. Desde ese momen­to, los apóstoles y sus sucesores han tenido la responsabilidad de evangelizar a los pueblos, es decir, de predicar el mensaje de Jesús a toda la humanidad y para lograrlo cuentan con la ayuda del Espíritu Santo.

DISTINTOS ROSTROS DE UNA MISMA REALIDAD
Cuando tú te refieres a una persona, puedes hacerlo de varias maneras: de acuerdo con su profesión (es arquitecta, abogado, médico...) o con su estado civil (es la mamá de fulanito y sutanito y está casada con...), o con sus cualidades físicas (es morena, alta, delgada...) o con sus características espirituales (es com­prensiva, paciente, tierna, inteligente...)

Lo mismo ocurre con la Iglesia: aunque es una misma realidad, podemos referirnos a ella de diferentes maneras, de acuerdo con el rasgo que queramos resaltar. A esas distintas formas de percibir y llamar a la Iglesia se les dice rostros de la Iglesia, por lo que nos muestran sus diferentes caras.

Estudiar estos rostros nos ayuda a comprender mejor la tarea y las características de la Iglesia. Veamos algunos.

LA IGLESIA, MADRE Y MAESTRA
Este rostro resalta la relación de la Iglesia con sus miembros.

Al igual que una madre, la Iglesia debe ser comprensiva, pacien­te y cariñosa con sus miembros. Pero no debe ser una madre alcahueta.

Por eso, a la vez debe ser maestra, puesto que tiene la obligación de enseñar en qué creemos, qué celebramos y, lo que es quizá más importante, cómo debemos vivir los cristianos.

LA IGLESIA, PUEBLO DE DIOS
Este rostro resalta el hecho de que la Iglesia somos los bautiza­dos. Durante mucho tiempo y hasta hace relativamente poco (hasta el Concilio Vaticano II), se puso énfasis en la pertenencia de los religiosos, los sacerdotes y los obispos a la Iglesia, hasta tal punto que se identificaba la Iglesia con la jerarquía eclesiástica. Este rostro de la Iglesia como pueblo de Dios, por el contrario, compara a la Iglesia con Israel, el pueblo de Dios en el Antiguo Testamento, para recalcarnos que la misión de evangelizar y la tarea de hacer comunidad no es sólo asunto de "curas y monjas", sino de todos los que creemos en Jesús, pues todos somos el pue­blo de Dios.

Por otra parte, este rostro subraya que estamos en el mundo de manera provisional, como peregrinos que caminamos hacia la eternidad, así como el pueblo de Dios del Antiguo Testamento, estuvo caminando por el desierto hacia la tierra prometida. Por último, este rostro también nos recuerda que la Iglesia es la comu­nidad con la que Dios hace su nueva alianza o pacto, renovando la antigua alianza que había hecho con Israel.

LA IGLESIA, CUERPO DE CRISTO
Este rostro resalta la diversidad de tareas en la Iglesia.

En un equipo de fútbol, como en el cuerpo, cada miembro cum­ple una tarea determinada: hay arquero, defensas, medio campo y delanteros, que, aunque tengan tareas distintas, buscan una meta común: el gol. Además, para que todo funcione bien, es preciso que el equipo tenga un director técnico, que orienta a los juga­dores para que logren el triunfo, como la cabeza dirige al cuerpo.

En la Iglesia ocurre algo semejante, que subrayamos cuando lla­mamos a la Iglesia cuerpo de Cristo. Cada uno de nosotros es un miembro que debe cumplir una tarea determinada: unos somos lai­cos, otras son religiosas, otros sacerdotes y otros obispos, pero todos somos necesarios. Además, todos buscamos la misma meta: comunicarle al mundo el amor de Dios. Desde luego, también contamos con un líder: el Papa, quien comparte nuestra misión. Y nuestra cabeza es Jesús, que nos guía y orienta.

LA IGLESIA, SACRAMENTO DE SALVACIÓN
Este rostro resalta la misión de la Iglesia.

Un sacramento es un signo e instrumento de la acción de Dios. Por ejemplo, el bautismo es signo de que somos de Dios y, a la vez, es instrumento, pues por medio de él nos hacemos sus hijos. Así, la Iglesia es sacramento de salvación, pues a través del ejemplo, de la manera de vivir en comunidad y de la administración de los siete sacramentos, la Iglesia debe ser signo del mensaje que nos trajo Jesús y, a la vez, debe ser instrumento o camino efectivo para que creamos en él y participemos de la salvación.

ACTIVIDADES 3.
1. Completa el siguiente mapa conceptual:

2. En grupos de 4, busca en el Catecismo de la Iglesia católica (No. 782) y en la Biblia las características del pueblo de Dios en el Antiguo y en el Nuevo Testamento y ela­bora una cartelera en la que compares los dos "pueblos de Dios".

3. Trabaja con la Biblia:
3.1. Lee los números 751 a 757 del Catecismo de la Iglesia Cató­lica y señala el símbolo de la Iglesia que más te guste.
3.2. Consulta los siguientes textos del Nuevo Testamento y poste­riormente señala a qué rostro de la Iglesia corresponde cada uno: Ef 1,22ss; 5, 22-32; 1 Cor 3, 9-16; Gal 4, 26-31.

4. Responde a las siguientes preguntas:
4.1. ¿Cuál sería tu aporte al curso, a fin de ayudar a construir verdadera comunidad de hermanos?
4.2. ¿Cuál sería tu aporte en tu familia, a fin de ayudar a construir verdadera comunidad de hermanos?
4.3. ¿Qué actitudes debes alejar de ti porque te impiden compartir cristianamente con los demás?

5. Construir comunidad es una tarea diaria, que exige mucha generosidad. Por eso, debemos hacer una sincera revisión de nuestras actitudes con los demás y, al mismo tiempo, debemos bus­car en nosotros todo aquello que pueda benefi­ciar a las otras personas. Ahora te presentamos una estrategia que te ayude a construir la Iglesia, compartiendo cristianamente con los demás.
5.1. Elabora un listado de tus cualidades, identifi­cando aquellas habilidades o dones que no poseen otras personas de tu curso.
5.2. Indica por escrito cómo poner al servicio de los demás esas cualidades.
5.3. Elabora, igualmente, un listado de tus limita­ciones e identifica las personas de tu curso o de tu familia que te pueden ayudar a superarlas.
5.4. Indica por escrito cómo te acercarías a esas personas que te pueden ayudar.