martes, 7 de abril de 2015

LA IGLESIA, SEGUNDA PARTE

LOS ROSTROS DE LA IGLESIA
¿Qué es la Iglesia? ¿Quién la fundó? ¿Cuál es su misión?
En las siguientes páginas trataremos de dar respuesta a estas pregun­tas. Para ello, estudiaremos los diferentes nombres o rostros que tiene la iglesia.

El NACIMIENTO DE LA IGLESIA
Comencemos diciendo que la Iglesia fue fundada por el mismo Jesús. Al elegir a un grupo de personas, los apóstoles, para ense­ñarles su doctrina, Jesús fue preparando la aparición de la Iglesia.
Como todo grupo debe tener un líder o una cabeza, eligió a Pedro como jefe de los apóstoles con las siguientes palabras: "Pedro, tú eres piedra y sobre esta piedra edificaré mi Iglesia", Mt 16, 15-18.

Después de su resurrección, Jesús se apareció a los discípulos y les ordenó predicar sus enseñanzas a todo el mundo y hacer discípu­los suyos con el bautismo (Mt 28, 19-20).
Posteriormente, Jesús completó la fundación de la Iglesia con el envío del Espíritu Santo el día de Pentecostés. Desde ese momen­to, los apóstoles y sus sucesores han tenido la responsabilidad de evangelizar a los pueblos, es decir, de predicar el mensaje de Jesús a toda la humanidad y para lograrlo cuentan con la ayuda del Espíritu Santo.

DISTINTOS ROSTROS DE UNA MISMA REALIDAD
Cuando tú te refieres a una persona, puedes hacerlo de varias maneras: de acuerdo con su profesión (es arquitecta, abogado, médico...) o con su estado civil (es la mamá de fulanito y sutanito y está casada con...), o con sus cualidades físicas (es morena, alta, delgada...) o con sus características espirituales (es com­prensiva, paciente, tierna, inteligente...)

Lo mismo ocurre con la Iglesia: aunque es una misma realidad, podemos referirnos a ella de diferentes maneras, de acuerdo con el rasgo que queramos resaltar. A esas distintas formas de percibir y llamar a la Iglesia se les dice rostros de la Iglesia, por lo que nos muestran sus diferentes caras.

Estudiar estos rostros nos ayuda a comprender mejor la tarea y las características de la Iglesia. Veamos algunos.

LA IGLESIA, MADRE Y MAESTRA
Este rostro resalta la relación de la Iglesia con sus miembros.

Al igual que una madre, la Iglesia debe ser comprensiva, pacien­te y cariñosa con sus miembros. Pero no debe ser una madre alcahueta.

Por eso, a la vez debe ser maestra, puesto que tiene la obligación de enseñar en qué creemos, qué celebramos y, lo que es quizá más importante, cómo debemos vivir los cristianos.

LA IGLESIA, PUEBLO DE DIOS
Este rostro resalta el hecho de que la Iglesia somos los bautiza­dos. Durante mucho tiempo y hasta hace relativamente poco (hasta el Concilio Vaticano II), se puso énfasis en la pertenencia de los religiosos, los sacerdotes y los obispos a la Iglesia, hasta tal punto que se identificaba la Iglesia con la jerarquía eclesiástica. Este rostro de la Iglesia como pueblo de Dios, por el contrario, compara a la Iglesia con Israel, el pueblo de Dios en el Antiguo Testamento, para recalcarnos que la misión de evangelizar y la tarea de hacer comunidad no es sólo asunto de "curas y monjas", sino de todos los que creemos en Jesús, pues todos somos el pue­blo de Dios.

Por otra parte, este rostro subraya que estamos en el mundo de manera provisional, como peregrinos que caminamos hacia la eternidad, así como el pueblo de Dios del Antiguo Testamento, estuvo caminando por el desierto hacia la tierra prometida. Por último, este rostro también nos recuerda que la Iglesia es la comu­nidad con la que Dios hace su nueva alianza o pacto, renovando la antigua alianza que había hecho con Israel.

LA IGLESIA, CUERPO DE CRISTO
Este rostro resalta la diversidad de tareas en la Iglesia.

En un equipo de fútbol, como en el cuerpo, cada miembro cum­ple una tarea determinada: hay arquero, defensas, medio campo y delanteros, que, aunque tengan tareas distintas, buscan una meta común: el gol. Además, para que todo funcione bien, es preciso que el equipo tenga un director técnico, que orienta a los juga­dores para que logren el triunfo, como la cabeza dirige al cuerpo.

En la Iglesia ocurre algo semejante, que subrayamos cuando lla­mamos a la Iglesia cuerpo de Cristo. Cada uno de nosotros es un miembro que debe cumplir una tarea determinada: unos somos lai­cos, otras son religiosas, otros sacerdotes y otros obispos, pero todos somos necesarios. Además, todos buscamos la misma meta: comunicarle al mundo el amor de Dios. Desde luego, también contamos con un líder: el Papa, quien comparte nuestra misión. Y nuestra cabeza es Jesús, que nos guía y orienta.

LA IGLESIA, SACRAMENTO DE SALVACIÓN
Este rostro resalta la misión de la Iglesia.

Un sacramento es un signo e instrumento de la acción de Dios. Por ejemplo, el bautismo es signo de que somos de Dios y, a la vez, es instrumento, pues por medio de él nos hacemos sus hijos. Así, la Iglesia es sacramento de salvación, pues a través del ejemplo, de la manera de vivir en comunidad y de la administración de los siete sacramentos, la Iglesia debe ser signo del mensaje que nos trajo Jesús y, a la vez, debe ser instrumento o camino efectivo para que creamos en él y participemos de la salvación.

ACTIVIDADES 3.
1. Completa el siguiente mapa conceptual:

2. En grupos de 4, busca en el Catecismo de la Iglesia católica (No. 782) y en la Biblia las características del pueblo de Dios en el Antiguo y en el Nuevo Testamento y ela­bora una cartelera en la que compares los dos "pueblos de Dios".

3. Trabaja con la Biblia:
3.1. Lee los números 751 a 757 del Catecismo de la Iglesia Cató­lica y señala el símbolo de la Iglesia que más te guste.
3.2. Consulta los siguientes textos del Nuevo Testamento y poste­riormente señala a qué rostro de la Iglesia corresponde cada uno: Ef 1,22ss; 5, 22-32; 1 Cor 3, 9-16; Gal 4, 26-31.

4. Responde a las siguientes preguntas:
4.1. ¿Cuál sería tu aporte al curso, a fin de ayudar a construir verdadera comunidad de hermanos?
4.2. ¿Cuál sería tu aporte en tu familia, a fin de ayudar a construir verdadera comunidad de hermanos?
4.3. ¿Qué actitudes debes alejar de ti porque te impiden compartir cristianamente con los demás?

5. Construir comunidad es una tarea diaria, que exige mucha generosidad. Por eso, debemos hacer una sincera revisión de nuestras actitudes con los demás y, al mismo tiempo, debemos bus­car en nosotros todo aquello que pueda benefi­ciar a las otras personas. Ahora te presentamos una estrategia que te ayude a construir la Iglesia, compartiendo cristianamente con los demás.
5.1. Elabora un listado de tus cualidades, identifi­cando aquellas habilidades o dones que no poseen otras personas de tu curso.
5.2. Indica por escrito cómo poner al servicio de los demás esas cualidades.
5.3. Elabora, igualmente, un listado de tus limita­ciones e identifica las personas de tu curso o de tu familia que te pueden ayudar a superarlas.
5.4. Indica por escrito cómo te acercarías a esas personas que te pueden ayudar.